martes, 24 de marzo de 2009

Estamos obligados a entregar, en la Casa Rosada, las pruebas de galeras y de páginas de la revista. -Esto no va. Esto tampoco -nos dicen.
Así fue la última reunión con los militares: Habíamos ido Vicente y yo.Después de discutir durante una hora sobre el material de la revista, hablamos de Haroldo Conti.-Él es un redactor de Crisis -dijimos- y lo han secuestrado.
No se sabe nada. Ustedes nos dicen que no está detenido y que el gobierno no tiene nada que ver.
¿Por qué no nos permiten publicar la noticia? La prohibición puede prestarse a interpretaciones torcidas. Ustedes saben que en el exterior hay gente mal pensada que...
-¿Tienen alguna queja de nosotros? -nos preguntó el capitán-. Los hemos tratado siempre con corrección.
Los hemos recibido, los hemos escuchado. Para eso estamos aquí y ésa es nuestra función en el gobierno. Pero les advertimos: este país está en guerra, y si nosotros nos encontráramos en otro terreno, el trato sería bien distinto.Toqué la rodilla de mi compañero.
-Vamos, Vicente, que se hace tarde -le dije.Caminamos, lentos, por la Plaza de Mayo.
En medio de la plaza nos quedamos parados un largo rato sin mirarnos.
Había un cielo limpio y un bullicio de gente y de palomas.
El sol arrancaba destellos al verdín de las cúpulas de cobre.No hablamos nada.
Nos metimos en un café, a beber una copa, y ninguno de los dos se animaba a decir:
-Esto significa que Haroldo está muerto, ¿no? Por miedo de que el otro dijera:-Sí.



Buenos Aires, Julio de 1976: Cuando las palabras no pueden ser mas dignas que el silencio, mas vale callarse.

Eduardo Galeano.